239 ZOROASTRO, EL MAESTRO MILENARIO —
"Cien veces al día se halla ocasión para hacer daño, y para hacer bien, apenas una vez al año". La frase expresa una perspectiva sobre la naturaleza humana y las oportunidades de la vida, indicando que el mal puede ser tentador y ubicuo, mientras que el bien requiere un esfuerzo mayor o se presenta con menor frecuencia. Sugiere que las ocasiones para el daño abundan en el día a día, mientras que las oportunidades para el bien son más raras y valiosas.
El punto de partida
"Una estrella que resplandece en el horizonte" es lo que significa Zoroastro —Zaratustra, para los griegos—. En busca de esa estrella, tres sabios griegos, Pitágoras, Platón y Apolonio, enfilaron hacia Oriente.
Pitágoras se sintió atraído por los principios de una contabilidad estricta en la que está basada la antigua religión zoroastriana. Según ella, el Puente del Contador, por donde debe pasar el alma si quiere llegar al infinito, se amplía o reduce según el número de actos buenos o la cantidad de obras malas que haya realizado en la tierra.
A Platón lo atraía, a su vez, que aquel profeta hubiera logrado que los iranios adoraran al Sol en lugar de las estrellas. Quería conocer el dios arquetípico con que los seguidores de Zoroastro habían logrado compendiar los múltiples dioses de la naturaleza.
Y Apolonio, el primer geómetra que estudió las figuras cónicas, se sintió hechizado por la elipse que debían emprender los zoroastristas para regresar a los brazos del Creador. Recorrer esa figura, sometida a las tensiones de sus dos ejes: el Bien y el Mal, era para ellos la única forma de volver al punto de partida.
El disco alado
Los Reyes Magos, que siguieron la estrella hacia Occidente y una profecía anunciada por su maestro desde hacía siglos, eran zoroastristas.
La leyenda cuenta que también Zoroastro nació de una virgen y estuvo rodeado de milagros. El primero fue que no lloró al nacer: se echó a reír. Un mago malvado quiso rebanarlo, como hizo Herodes con los niños de Belén, pero el cuchillo se convirtió en una pluma que le hizo cosquillas. Arrojaron el bebé al fuego, pero las llamas se volvieron pétalos. Lo dejaron entre una manada de lobos y estos lo llevaron con unas ovejas para que lo amamantaran.
La estrella aparecerá de nuevo, como el mismo astro rey, en Oriente, pues según la segunda profecía de Zoroastro, será otra vez en Persia donde nacerá el último Salvador: el Shah Bahram.
Hay otras continuidades entre las dos religiones. Al igual que el Dios de Jesús, también el rey absoluto de Zoroastro, Ahura Mazdâ, está rodeado de arcángeles; uno de ellos, Angra Mainyu, formó un bando aparte. Desde entonces los hombres nacen en pleno campo de batalla y deben alistarse como soldados en uno u otro ejército.
Como si fueran pocas estas concordancias, el pequeño Zoroastro, al igual que el niño Jesús, también contaba con un ángel de la guarda: un espíritu protector que está representado por el faravahar o farohar, un famoso disco alado que señala el camino por seguir para alcanzar la estrella suprema.
Cadáver con alas
El fuego es otro símbolo sagrado para los zoroastrianos y representa de forma concreta y cercana esa estrella solar que no se debe apagar. Los zoroastrianos mantienen en sus casas y en sus templos una llama frente a la cual rezan. El fuego no solo debe permanecer encendido sino puro, por eso los seguidores de Zoroastro no admiten la incineración. El cuerpo es impuro; cremarlo contaminaría la llama sagrada. Tampoco entierran los cadáveres, porque, al igual que con el humo de la pira, el cuerpo debe ascender al cielo. ¿De qué otra forma pueden elevarlo sin echar mano del fuego? La respuesta son las aves de rapiña. Los parsis, descendientes de los zoroastrianos (que emigraron a Bombay cuando los musulmanes invadieron Persia en el siglo VII), llevan sus muertos a la Torre del Silencio, una construcción de piedra gris en el sector más exclusivo de la ciudad. Los cadáveres son dejados en losas para que sean devorados por enormes buitres. Tremendo ritual es, a todas luces, una práctica aberrante e insalubre, pero, al mismo tiempo, su trasfondo no deja de ser hermoso y seductor. Cuando el cuerpo parece inservible e inerte, de pronto comienza a batir las alas y alzar el vuelo.
Aspirar y soplar
Para poder sumar un nuevo ser al mundo y no alterar el Universo, Ahura Mazdâ tiene que restarlo de antemano, como en una ecuación aritmética cuando se suma un mismo término a los dos lados de la igualdad para no perturbar el resultado. Con la misma lógica compensatoria, el Dios de Abraham tiene que absorber primero el aire para poder soplar el barro (por extensión, nosotros tenemos que inhalar y espirar para poder vivir). Esa negación implícita con que nacemos, esa oquedad innata, se manifiesta no solo en la muerte sino en todo aquello que trata de negar nuestro ser: la maldad, la falsedad, la impureza, el error. La afirmación del ser parte, en cambio, de sus atributos esenciales: el bien, la verdad, la pureza, la justicia, que garantizan su continuidad.
Ahura Mazdâ no solo nos da la oportunidad de vivir por un intervalo de tiempo, también nos invita a trascender esa fugacidad, pues si acumulamos más afirmaciones que negaciones, el saldo de nuestra vida se podrá inclinar hacia la eternidad. Si las creces del total son positivas, llegaremos al todo y nos uniremos a la gran unidad que es Ormuz, el rey de la luz. Si las creces son negativas, volveremos a la nada, al cero, al vacío, a las tinieblas.
Todo lo que sale de esa nada es apariencia, artificio, encubrimiento, engaño, suciedad. Sin embargo, la esencia positiva del mundo está mediada por ella, porque es en la tensión entre ambos polos en la que tenemos un pequeño margen o una delgada diferencia potencial para existir y trascender. Está en nuestras manos profundizar en la intensidad de esa esencia positiva o desintegrarnos en la extensión de sus capas negativas. "Cien veces al día -dice Zoroastro- se halla ocasión para hacer daño, y para hacer bien, apenas una vez al año".
Comerse la serpiente
Voltaire cuenta, en su cuento "Zadig", que una vez hubo una fuerte disputa acerca de una ley de Zoroastro, que prohíbe comer grifo. ¿Cómo está prohibido el grifo, decían unos, si no hay tal animal? "Fuerza es que le haya", decían otros, cuando no quiere Zoroastro que le comamos. El grifo era un ser mítico, mitad águila y mitad león, que unía en uno solo el animal más fuerte del cielo y el más fuerte de la Tierra, lo cual era una forma de resolver la tensión entre la materia y el espíritu.
Otra imagen que abunda en el territorio de los iraníes y que está en muchos amuletos, es la que representa la lucha entre dragones y serpientes, es decir, entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte.
Bien mirada, la serpiente es como un dragón pero sin pies, sin alas y sin fuego interior. O sea que, aunque parezca más real y evidente, la serpiente existe solo como negación de los atributos esenciales: los pies, para sortear los huecos; las alas, para elevarnos sobre la Tierra, y el fuego, para deshacer las tinieblas.
La serpiente está ahí para enredarnos y asfixiar la llama del ser: para tragarse el dragón. Como el grifo, el dragón no existe sobre la Tierra, pero "fuerza es que le haya", porque solo comiéndonos la serpiente y alcanzando la figura del dragón podremos llegar al cielo.
AUTOR: Paul Brito — 2012 (e.v.)
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