237  LA MASONERÍA Y LA RELIGIÓN CATÓLICA  — 


     El rechazo a la Masonería por parte de la iglesia católica, puede explicarse históricamente. 

     Cuando nace la Masonería en Francia en los años 1730, la iglesia católica se enfrenta de inmediato con la masonería: acusa a los masones de debilitar la iglesia por el mero hecho de aceptar a protestantes, judíos, deístas y ateos. Igualmente considera el secreto masónico como antitético con la confesión. Por lo cual 2 papas sucesivos (Clemente XII y Benedicto XIV) deciden excomulgar a los Masonería en 1738 y 1751. El Parlamento de Paris, soberano en la materia, no registra estas decisiones que, sin embargo, tienen un eco inmediato en España y Portugal. 

     Laica pero no antirreligiosa. A lo largo del siglo XIX se extiende la Masonería con la llegada en su seno de artesanos, burgueses e intelectuales que desarrollan los debates filosóficos, muchos de ellos en base a los ideales socialistas de la época (derechos de las mujeres, protección de los obreros, trabajo de los menores, enseñanza laica y obligatoria, abolición de la esclavitud,..), todos temas sin connotación religiosa propiamente dicho, pero que acentúan las divergencias con los círculos monárquicos y católicos, y a veces (enseñanza laica) hacen rabiar a los que detentan este monopolio. 

     Hasta que, en 1877, la Masonería liberal decida borrar de su constitución la doble obligación de creer en Díos y en la inmortalidad del alma [1]. De hecho se trataba de promover la total libertad de conciencia, pero en el respeto absoluto de las creencias de cada uno. La Masonería es laica, pero de ningún modo antirreligiosa. No admite que se impongan dogmas, pero respeta a sus miembros que creen en Dios y, concretamente, que son católicos. Por lo que la virulencia de la jerarquía católica aparece más como una incomprensión del espíritu masónico y sobre todo como una respuesta meramente política (máxime en España y Portugal), que como un choque de valores y conceptos éticos. 

     De hecho las críticas reiterativas de la iglesia en contra de la Masonería se centran siempre:

  1. En el hecho que la Iglesia (Encíclica Veritatis Splendor de Juan Pablo II) considera que no hay más que una sola verdad y 
  2. que el pensamiento heredado de la Ilustración pone en peligro el dogma de la Iglesia. 

     Sobreviven también antiguas quejas, comparando la Masonería a una secta o sospechándola de conspirar contra la Iglesia. Esta intransigencia, la Iglesia la comparte con todas la dictaduras bien teocráticas, bien de derecha o de izquierda que, sistemáticamente y a veces ferozmente, combaten a la Masonería y a los masones: la libertad de conciencia, el libre albedrío, el rechazo a los dogmas son valores que temen los dictadores y los defensores de una verdad revelada y, por eso mismo, excluyente. 

     La prueba de que la F.M. no es antirreligiosa, la dan los países anglosajones, de tradición protestante, donde nunca se produjo tal enfrentamiento. La ley escrita de muchísimas logias de rito escocés sigue siendo la Biblia, la Corona británica sigue siendo la autoridad máxima de la Masonería inglesa al mismo tiempo que Jefe de la Iglesia anglicana, mientras casi todos los Presidentes Americanos conjugan a la perfección los idéales masónicos con los valores de la Republica y de la Constitución así como con su propia fe. 

     Claramente la Masonería proclama la total libertad de conciencia y favorece el libre albedrío lo que, por naturaleza, supone el rechazo de todos los dogmas. Pero este mismo espíritu de libertad y de tolerancia justifica la libertad de creencias en su seno y el total respeto a estas. Lo que fue entendido por numerosos eclesiásticos que, a pesar de los órdagos papales, han encontrado en el seno de la Masonería una libertad de pensamiento y un foro de debate favorable a la plenitud de cada hombre y a la evolución armoniosa de la sociedad. 


 AUTOR:  Desconocido


NOTA de Maestro Masón:

[1] La inmortalidad del alma fue impuesta unilateralmente por la Gran Logia Unida de Inglaterra (la llamada Gran Logia Madre) sólo en 1928, por lo tanto, en la fecha citada en el escrito era imposible quitar algo que no existía. El Gran Oriente de Francia solamente quitó de sus Constituciones la obligación de la creencia en un Dios, revelado, como el de la Biblia (proposición hecha por un Consejero de la Orden que era, curiosamente, pastor protestante...), en pleno enfrentamiento entre el GOdF y la UGLI por un conflicto de aquél con una Gran Logia Estadounidense del Sur de los EE.UU.: Problemas entre imperios colonialistas, nada de Masonería.

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