100 LA MASONERÍA COMO ESCUELA E INSTITUCIÓN INICIÁTICA —
La Masonería como Escuela Humanista
Otra de las ideas que plantea la Masonería entre sus valores esenciales es su carácter humanista. Dicha declaración implica colocar a la persona como el principio y el fin de cuanta actividad se realice. Por tanto, no existe ninguna valoración ni argumento lo suficientemente sólido para dejar de asumir al progreso de la humanidad como eje fundamental del accionar masónico. Ser humanista implica, por tanto, una diversidad de aristas. Una de las más importantes tiene relación con la tutela y defensa de los Derechos Humanos. Al respecto, cualquier Masón se declara abiertamente protector de las garantías básicas de las personas, independientemente de nacionalidad, sexo o cualquier otra diferencia.
En la perspectiva de la defensa de los Derechos Humanos y del Humanismo en general, no es suficiente con que la Masonería se declare en contra de formas de gobierno autoritarias o dictatoriales solamente. El ejercicio masónico implica que dicha declaración vaya más allá del régimen político y se extienda a cualquier forma de agresión a las libertades y garantías básicas de las personas. Por tanto, incluso un régimen democrático en el que existan violaciones a los Derechos Humanos debe ser condenado por la Masonería y sus integrantes. No es una cuestión de opción o facultad, es una cuestión de principio y de necesidad de reivindicar las conquistas que tanto han costado a la humanidad.
En el plano del humanismo, por tanto, el respeto al ser humano está por encima de cuestiones ideológicas o de política partidista. A mi juicio, quien plantea límites o ciertas trabas a una declaración amplia de protección de los Derechos Humanos está confrontando con los principios esenciales de la Orden Masónica. No es permisible argumentos de ningún tipo frente a este tipo de pretendidas salvedades y en ese sentido el compromiso de pertenecer a la Masonería es radical. Luego, quien no se declara profundamente respetuoso de los Derechos Humanos y de la ubicación de la persona como el eje de atención tiene una visión de la vida a la que la Masonería se opone, combate y abiertamente rechaza.
El Humanismo Masónico, en definitiva, es uno de los ejes de discusión alrededor de los que es permisible generar otro tipo de vínculos entre los integrantes de la Orden, sus familias y el entorno que los rodea. En ese plano, la tolerancia masónica sólo es posible a partir de ciertos elementos básicos que deben ser compartidos. El respeto a los Derechos Humanos es acaso el más importante. Luego, la Masonería no ejerce tolerancia con quien irrespeta los derechos y garantías de las personas. Los Masones tampoco toleran ninguna forma de abuso o arbitrariedad. La Masonería, como escuela humanista es, por tanto, irrestrictamente defensora de la condición humana y de sus más libres manifestaciones.
La Masonería como escuela filosófica
Comúnmente se define a la Masonería como una escuela filosófica (entre otras muchas definiciones). No obstante, pocas veces reparamos en la trascendencia de este concepto. En términos generales, la Masonería es filosófica porque enseña a sus miembros a razonar, debatir y cuestionarse en torno a tres preguntas esenciales: de dónde vengo, quién soy y hacia dónde voy. Para responder a estos cuestionamientos (no menores pues constituyen el ejercicio permanente del pensamiento de la Humanidad), la Orden Masónica dota a sus integrantes de un primer elemento de juicio: la libertad de pensamiento a partir de las distintas escuelas filosóficas que se han encargado de desarrollar la ciencia que busca el origen último de las cosas. En este sentido, la Masonería busca aportar para que desde diferentes posicionamientos quienes forman parte de ella construyan y recreen su propio discurso alrededor de lo que es el origen de los seres humanos, su ontología y el objetivo mismo de la vida.
Una primera idea que surge de lo dicho es que la Masonería como tal no enseña un camino de vida específico ni provee una respuesta unívoca sobre las tres preguntas ya mencionadas. Lo que la Masonería hace es dotar a sus integrantes de (i) un conjunto de conocimientos simbólicos y (ii) de un espacio de discusión para que así, desde la individualidad, cada persona pueda desarrollar sus propias creencias filosóficas. En ese aspecto, no existe una filosofía masónica per se. Lo que hace la Masonería, como he mencionado, es ofrecer un amplio abanico de opciones a partir de las que cada uno de sus miembros puede realizarse, crecer y proyectarse.
Este ejercicio de crecimiento filosófico que la Masonería propone es indudablemente interesante pues, a diferencia de una escuela filosófica en particular, no requiere de sus miembros una adscripción absoluta a ningún tipo de convicciones sobre el origen del ser humano o sobre la naturaleza de la trascendencia humana. Por el contrario, la Masonería incentiva la discusión e intercambio de posiciones filosóficas diversas entre sus miembros. En ese sentido, la Masonería no busca equiparar puntos de vista y mucho menos la creación de una filosofía masónica referencial para todos sus miembros. La Masonería busca, por el contrario, que de la disidencia y la confrontación se lleguen a ideas nuevas, críticas, persuasivas e innovadoras.
Para esta dura tarea de aceptar y permitir el disenso, la Masonería ofrece una herramienta (entre muchas otras) que permite que de la discusión y posicionamientos encontrados se pueda concluir en una convivencia armónica: la tolerancia. Ese valor, tan venido a menos hoy por hoy en nuestras sociedades, es el que permite que en medio de la vorágine de ideas opuestas los seres humanos que pertenecen a la Masonería sean capaces de convivir fraternalmente y, desde luego, mantener sus diferencias esenciales. Así, la tolerancia lejos de conseguir alcanzar criterios unívocos lo que hace es permitir la coexistencia de las diferencias.
Cuando hablamos de la Masonería como una escuela filosófica, por tanto, no hablamos de lo que la Masonería dice que es el origen de las personas ni cuál es su esencia y menos aún de cuáles son los caminos para la trascendencia. Cuando hablamos de la Masonería como escuela filosófica hablamos de una institución preocupada porque sus miembros debatan para sí mismos y entre sí sobre sus diferentes puntos de vista respecto a tales temas. Fruto de ese ejercicio racional de intercambio de posicionamientos cada Masón será capaz de construir su propia realidad, su propia Verdad y su propio trayecto de vida.
La Masonería como Institución Iniciática
Uno de los rasgos que distingue a la Masonería de otro tipo de instituciones es su carácter eminentemente iniciático. Aunque muchas veces se escucha hablar de esto en rituales y estudios profanos e incluso masónicos, pocas veces nos detenemos a analizar la esencia de esta declaración. En términos generales, la Masonería es Iniciática porque la transmisión de conocimientos de un miembro de la Orden a otro se da a través de experiencias de vida que se recrean en la interacción cotidiana. Así, la Masonería es profundamente experimental en el sentido de que para aprender y aprehender de la Sabiduría de esta Orden es necesario vivir procesos internos de cambio, de conmoción, y de ruptura con paradigmas. Dicho de otro modo, lo iniciático de la Masonería se refleja en la necesidad de que sus miembros tengan vivencias fuertes, sobrecogedoras en ciertos casos, que les permitan ir descifrando los misterios envueltos en cada uno de los grados simbólicos.
Como consecuencia de lo dicho, la Masonería no se transmite por textos, referencias bibliográficas y menos aún por aquellas publicaciones que tratan de “vender” a la sociedad la idea de que esta Orden es una institución misteriosa, dueña de secretos imposibles de acceder y que sus objetivos muchas veces están en tensión con ciertos principios asumidos como valederos. Aunque los conocimientos sobre lo que constituye el diseño institucional o los ritos de la Masonería se los puede adquirir en las formas mencionadas, la verdadera Sabiduría de esta Orden se encuentra en lo que cada uno de sus miembros puede sentir, escuchar, ver, degustar y percibir en las distintas experiencias de vida que ofrece la Masonería a sus miembros. Dicho de otro modo, el rasgo iniciático de la Masonería pasa esencialmente por experiencias sensoriales.
Dentro de las distintas experiencias sensoriales que la Masonería tiene para generar conocimiento entre sus miembros un espacio especial ocupan las llamabas ceremonias de paso. En la Orden Masónica existen tres ceremonias de este tipo. La Iniciación, que se verifica cuando una persona no perteneciente a la Institución decide ser parte de ella. El Adelanto, que constituye el traslado del Aprendiz Masón al grado de Compañero Masón; y, la Exaltación, vivificada en la incorporación del Compañero al grado de Maestro Masón. Cada una de estas vivencias está envuelta por conocimientos y sabiduría que, más allá de lo que puede ser leído en fuentes diversas, requiere una vivencia propia. Allí se encuentra la idea esencial de la Masonería como institución iniciática.
Dicho de este modo, aún cuando por diversos medios se develen —levantar el velo, revelar— los secretos de la Masonería o se acceda a los “grandes secretos” de la Orden, el punto de partida que marca la diferencia entre esta institución y otras es que los conocimientos y la Sabiduría Masónica no se los puede adquirir de otra forma que no sea siendo parte activa de una Logia. Una mirada de la Orden desde afuera, desde el observador interesado en la Masonería, efectivamente puede llevar a conocimientos profundos sobre la historia y características de la Orden. Un estudio académico de la Masonería, en efecto, lleva a experticias sobre lo que se puede argumentar de la Orden desde un plano estrictamente racional.
No obstante, el conocimiento iniciático, real y profundo de la Masonería, no es alcanzable sino a partir de la vivencia, de las experiencias sensoriales y del contacto permanente con los miembros de la institución. Mientras el conocimiento exotérico de la Masonería se lo puede alcanzar sin necesidad de ser parte de dicha institución, la posibilidad de vincular dicho ejercicio de racionalidad con la Sabiduría Masónica es posible solamente a partir de las experiencias de vida que se dan dentro de la Orden. Así, mientras lo iniciático genera conocimiento sacro, esotérico, el ejercicio intelectual genera conocimiento profano. La Masonería no intenta diferenciarlos, por el contrario, el ejercicio de vida permanente de quienes pertenecen a la Orden es la vinculación de lo profano y lo sacro, de lo exotérico y esotérico, alrededor de un único marco de análisis.
AUTOR: DESCONOCIDO
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