136 EL ORIENTE ETERNO —
Como consecuencia del reciente fallecimiento de un querido hermano, me pregunto sobre lo que nosotros, los masones, entendemos por “Oriente Eterno”, el cual representa el estado o localización donde “se halla desde entonces” el ser fallecido. He leído por ahí que la noción de un espacio compartido denominado “Oriente Eterno”, tanto para almas virtuosas como las que tienen faltas de probidad, está en desacuerdo con las corrientes convicciones cristianas.
En el ámbito masónico, la frase “Paso al Oriente Eterno” alude a que, tras su recorrido vital en busca de Luz (moral, intelectual, conocimiento, espiritualidad, entre otros), al fallecer, su recuerdo se entrelaza con la memoria de aquellos hermanos masones que han partido anteriormente. En otras palabras, esta metáfora no alude a un sitio (como en el cristianismo), sino a una condición evocadora, que no resulta contradictoria y que se aplica exclusivamente a los masones.
De las diversas definiciones que he escuchado en relación con el concepto de Oriente Eterno, hay dos expresiones poéticas que se asemejan a lo que mis antepasados transmitían sobre la memoria de un masón tras su deceso, que, a grandes rasgos, sería simplemente una etapa pasajera, o en palabras de los indígenas Kogi de la Sierra Nevada de Santa Marta (Colombia), "un breve tránsito en el camino que va del vientre materno al vientre de la tierra".
En este sentido, desde una perspectiva masónica, si se admite la extrapolación, me identifico con la visión de Santa Teresa de Jesús, quien expresó que “La vida debe ser vivida de tal manera que lo que se viva persista en la muerte”, en notable armonía con los versos del colombiano Antonio Muñoz Feijoo que afirman que “…/ la vida es honrar, es recordar. / Por eso hay muertos que viven en el mundo, / . . . ”.
Por otro lado, los masones en Estados Unidos mencionan que el hermano “ha sido convocado a un nivel superior de acción” (en la escala progresiva de su Iniciación sucesiva, añadiríamos nosotros).
En efecto, lo que más se menciona al conmemorar el Paso al Oriente Eterno de un masón son sus logros. Se hace hincapié en su vida ejemplar, su afición al estudio, su fraternidad, sus virtudes, su altruismo, su dedicación a una causa noble, etcétera, y siempre se resalta alguna característica por la cual debería ser recordado con admiración o servir como un modelo. Es como si el fallecido permaneciera “viviendo” de alguna manera, ya sea virtual, real o aparente, en las mentes de los masones que lo rememoran y continúan adelante.
La existencia y la muerte forman una unidad que, más allá del sepulcro, continúa generando impactos. El enigma insondable de la vida comienza con la tumba. Desde el Gabinete de Reflexiones, los masones nos acercamos desprovistos de cualquier posesión material, reconociendo la fragilidad de la existencia, ante la inmensidad de la gran verdad que representa una eternidad que supera nuestra comprensión, y que, al igual que el horizonte, mantiene su distancia, “entre lo sombrío de lo ignorado y lo inmenso” (José Asunción . Silva).
De este modo, el Oriente Eterno Masónico se presenta como un cálido universo de memoria colectiva, donde se manifiesta y se celebra lo que se recuerda con aprecio de los masones fallecidos, y donde cada recuerdo individual se disuelve gradualmente hasta transformarse en “el olvido que seremos” (Borges), de manera similar a como la luz del día se desvanece suavemente en la oscuridad nocturna.
Sin embargo, resulta erróneo pensar que la luz se extingue una vez que se pierde de vista, ya que la luz en la memoria de aquellos que han partido continúa iluminando las acciones de quienes les suceden. La inmortalidad se alcanza cuando el recuerdo de nuestro paso por la vida permanece entre los que se quedan. El mundo castiga a las medianías con la indiferencia.
AUTOR: Simbólico Laurisilva — 2020 (e.v.)
Comentarios
Publicar un comentario