292  FILOSOFÍA HERMÉTICA VI —


TEORÍA Y SÍMBOLOS DE LA FILOSOFÍA HERMÉTICA

Autor:  OSWALD WIRTH

CAPÍTULO VI: EL MAGISTERIO DEL SOL 

Iluminación.

Dominio.

Reintegración en la Unidad.

Oro Filosófico.

Sabiduría.

El Pelícano.

La Estrella de Salomón.

     Según los ritos iniciáticos, la venda de la ignorancia profana cae de los ojos del Iniciado tan pronto como este ha sido purificado por los Elementos. Esta cuádruple purificación vuelve permeable y transparente la corteza terrestre, permitiendo así percibir la luz externa desde el interior. Sin embargo, no basta con que el Iniciado vea la Luz; también debe atraerla, concentrándola en el núcleo esencial de su personalidad. Esto se denomina coagulación del Mercurio.

     Para esta operación, primero debe exaltarse el Fuego interior. El ardor central exterioriza la humedad anímica, que transforma la atmósfera individual en un medio refractivo, capaz de reunir y condensar la claridad difusa del Azoth. Mediante esta refracción, la personalidad se impregna finalmente por completo de la Luz coagulada.

     Es entonces esencial consolidar el estado alcanzado. Esto solo se logra induciendo una nueva circulación vital, más trascendente que la que se produce en el reino ordinario de los Elementos.

     Pero la conquista de una vida superior siempre presupone una muerte previa. Sin embargo, esta vez ya no es el Profano quien perece en la oscuridad para renacer en la Luz, sino el Iniciado quien muere elevado sobre la tierra y clavado en la cruz, para realizar la Gran Obra.

    Esta muerte representa el sacrificio total de uno mismo. Exige la renuncia a todos los deseos personales. Es la extinción del egoísmo radical y, por consiguiente, la eliminación del pecado original. El yo estrecho desaparece, absorbido por el ser de la Divinidad.

    Tal absorción confiere al Hombre poder soberano. El ser que ya no es esclavo de nada se convierte, por este mismo hecho, en amo de todo. Su voluntad formula únicamente las intenciones de Dios y, como tal, se impone irresistiblemente.

    Pero, al realizar el ideal cristiano, el sabio perfecto ya no puede entregarse a ninguna empresa arbitraria. Su misión como redentor lo desapega de toda mezquindad. Para él, producir oro común sería impensable, pues probablemente tentaría a los avaros. Cuando la piedra filosofal se proyecta sobre metales fundidos, los transforma en oro filosófico, es decir, en un tesoro inalienable, cuyo valor es absoluto y no meramente convencional.

    Este oro se relaciona con el grado más elevado de perfección del que un ser es capaz desde la triple perspectiva del intelecto, la moral y la parte física. Así, la piedra filosofal se convierte en la medicina suprema para la mente, el alma y el cuerpo. Proporciona salud perfecta y restituye a la naturaleza caída sus derechos originales de creación.

    Pero para perfeccionar a los demás, uno mismo debe ser perfecto. ¿Y quién se atrevería a reclamar la perfección? ¿Acaso no es un modelo que se puede seguir, pero jamás alcanzar? Esto es lo que sucede cuando se habla de perfección absoluta. Pero a esto no se refiere el oro filosófico; representa solo el grado de perfección compatible con la naturaleza de cada ser. Tan pronto como uno alcanza este grado, puede desempeñar eficazmente el papel de salvador. La luz más humilde ayuda a disipar la oscuridad, y para sanar a los demás, basta con estar sano.

    Una chispa divina brilla dentro de cada ser humano. A menudo se ve sofocada bajo el peso de la materia.

     La iniciación aligera este peso y reaviva la llama sagrada. Dentro del ser humano, se desarrolla el Principio-Hombre al despertar la semilla de las potencialidades latentes que llevamos en nuestro interior. No se podría pedir más; pues toda construcción es perfecta en cuanto se ajusta al plan concebido por el arquitecto. Nos referimos aquí al Arquitecto soberano, el orquestador de todas las cosas.

    Por otro lado, el hombre no es nada en sí mismo: todo le llega de fuera; esto es lo que le permite participar de la omnipotencia en la medida en que se acerca a su origen. Y para acercarse a Dios, basta con cumplir su voluntad y amarlo.

    Cumplir la voluntad de Dios es trabajar para la realización del plan divino y, como a cada ser se le asigna una tarea específica, el deber consiste en cumplirla fielmente. El mérito no reside en las obras grandiosas, sino en aquellas que satisfacen las exigencias de la armonía general. En el concierto universal, los intérpretes deben esforzarse no por hacer mucho ruido, sino por emitir con precisión la nota que se les exige.


     Cumplir rigurosamente el propio destino: esa es la única ambición de la persona sabia. Gloria, honores, riquezas, placeres y satisfacciones: nada tiene valor alguno para ellos. Ven el mundo solo como un teatro donde los personajes representan una obra. Los actores aparecen en escena ataviados con vestuario prestado e interpretan sus papeles con convicción, olvidando que, al caer el telón, se despojarán de sus adornos para volver a ser ellos mismos.

     En estas condiciones, el personaje que uno encarna importa muy poco. Príncipe o mendigo, héroe o traidor, lo esencial es actuar bien, respondiendo con exactitud a las intenciones del autor.

     Sin embargo, si bien el temor del Señor es el principio de la sabiduría, la mera docilidad no es su fin. La sumisión y la obediencia son indispensables, pero no bastan para elevarnos a Dios: nuestra elevación es proporcional al grado de amor del que somos capaces. Desde esta perspectiva, el pelícano es el emblema de esta caridad, sin la cual uno no sería más que un resonante cañón de hojalata o un címbalo que retumba. Esta ave blanca alimenta a sus crías con su propia sangre. Es la imagen del alma que se entrega sin reservas. Es en el sentimiento que une al individuo con todos los seres donde reside la virtud suprema, la «fuerza más poderosa» de todas las fuerzas.
     El adepto que arde con este amor infinito obtiene el Sello de Salomón. Este signo de poder mágico por excelencia se compone de dos triángulos entrelazados, que son los símbolos alquímicos del Fuego y el Agua. Aquí, representan, más específicamente, la naturaleza humana unida a la naturaleza divina.

     El Hexagrama, o Estrella del Macrocosmos, es así el emblema de la teúrgia [1], que se basa en la alianza de la Voluntad y el Sentimiento, mientras que la Magia simple se basa únicamente en la Voluntad del adepto elevada a su máximo poder. Su pentáculo es, en este sentido, el Pentagrama, o Estrella del Microcosmos.

     El mago desarrolla su individualidad, exalta su Azufre y se convierte en un poderoso centro de iniciativa personal. Está vinculado a la iniciación masculina o dórica, a diferencia del místico, quien se conforma a los principios de la iniciación femenina o jónica al anularse ante un poder externo a sí mismo (Mercurio). En cuanto al teúrgo [2],  su superioridad reside en reconciliar la actividad del mago con la pasividad del místico. Es un eslabón en la jerarquía suprema: manda y obedece, transmite la orden recibida de arriba a quienes están bajo su mando, un maestro que dirige el trabajo de otros, asegurando el cumplimiento del plan del Arquitecto eterno.



NOTAS AL PIE
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1.  Teúrgia: Especie de magia de los antiguos gentiles, mediante la cual pretendían tener comunicación con sus divinidades y operar prodigios.
2. Teúrgo: Mago dedicado a la teúrgia

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