294 FILOSOFÍA HERMÉTICA VIII —
TEORÍA Y SÍMBOLOS DE LA FILOSOFÍA HERMÉTICA
Autor: OSWALD WIRTH
CAPÍTULO VIII: LAS MODIFICACIONES FUNDAMENTALES DEL TIPO HUMANO
Luz blanca y los colores del prisma.
Materialidad y animalidad.
Espiritualidad.
Bondad y altruismo absoluto.
Ferocidad.
Actividad e intelecto puro.
Pereza.
El tipo humano, o Adam-Kadmon, representa un ideal de armonía que ningún ser concreto puede alcanzar. Esto da lugar a idiosincrasias infinitamente variadas, que solo el hermetismo nos permite clasificar de forma estrictamente lógica.
Para ello, es importante rastrear las causas que generan una alteración más o menos pronunciada del equilibrio perfecto. Estas pueden reducirse a una sola causa: la desproporción de los factores constitutivos de la tríada humana. Cada uno de estos factores puede encontrarse en exceso o, por el contrario, insuficientemente representado. Así, podemos distinguir seis variaciones fundamentales, caracterizadas por una sobreabundancia o deficiencia del Cuerpo, el Alma y el Espíritu.
Para comprender estas desviaciones, consulte el diagrama del capítulo anterior. A medida que cada uno de estos tres círculos avanza y retrocede alternativamente, sus interacciones normales se modifican de tal manera que explican las principales tonalidades de la armonía humana.
Estas tonalidades se agrupan en torno al equilibrio perfecto, que corresponde a la luz blanca sintética en el simbolismo del color, mientras que los tres colores primarios —rojo, azul y amarillo— son apropiados para el Espíritu, el Alma y el Cuerpo, respectivamente. En cuanto a los tonos intermedios —violeta, naranja y verde—, se aplican al Cuerpo espiritual, al Espíritu físico y al Alma física. Las principales variaciones del tipo humano pueden, por lo tanto, vincularse a uno de los colores del prisma. Esto se muestra en la tabla de la derecha.
Pero cada una de estas divergencias debe estudiarse por separado.
Cuando el círculo del cuerpo se traza de manera que se superponga a los otros dos, Marte, Venus y Mercurio se expanden a expensas de Júpiter.
Este es el patrón de predominio material. La actividad física (Marte), la energía vital (Venus) y la inteligencia práctica que satisface las necesidades del cuerpo (Mercurio) se combinan para sofocar la idealidad (Júpiter). Hay poco espacio para sueños, concepciones elevadas y sentimientos nobles. Por otro lado, el vigor muscular no deja nada que desear. Estas personalidades están hechas para trabajar bajo la dirección de otros. Aspirarán únicamente a la satisfacción de sus necesidades corporales. Cualquier otra ambición les parecerá irrazonable. Sancho Panza encarna plenamente este tipo.
El gran peso de estos individuos robustos les confiere una excelente salud, al menos en apariencia; pues, en realidad, están predispuestos a sufrir accidentes cerebrovasculares y a los percances propios de un temperamento atlético. La obesidad y el exceso de peso los amenazan si no gastan su fuerza; además, sus órganos corren el riesgo de desgastarse prematuramente por la fatiga excesiva.
Estas personalidades robustas necesitan reaccionar contra el peso de la materia. Su imaginación (Luna) debe idealizar la vitalidad (Venus). Diana (Luna), al inspirar sentimientos puros en Venus, otorgará mayor poder a Júpiter, especialmente si Apolo (Sol), por su parte, logra canalizar la impetuosidad de Marte hacia la ambición de grandes cosas.
Esta intervención simultánea del Alma (Luna) y el Espíritu (Sol) refuerza el Alma espiritual o racional (Júpiter), que distingue al hombre de la bestia.
Esta última se entrega pasivamente a los impulsos que la gobiernan. Obedece con absoluta docilidad las leyes de su especie y no delibera sus acciones, que permanecen puramente impulsivas. Los animales son comparables, en este sentido, a sujetos hipnóticos que serían sometidos a sugestiones irresistibles.
En ellos, no hay rastro de idealidad. El Espíritu (Sol) se manifiesta enteramente en el Instinto (Marte), y el Alma (Luna) en la Vitalidad (Venus). En cuanto al Cuerpo Astral, es más poderoso que en el hombre. La inconsciencia que caracteriza la animalidad proviene de la ausencia de un Alma espiritual (Júpiter). Esta solo se desarrolla tras la rebelión inicial que conduce a la conquista de la autonomía personal. La humanidad ha buscado la independencia y, al hacerlo, se ha situado fuera del flujo de la vida general o edénica (del Edén), destruyendo el vínculo íntimo que une al individuo con la especie. Así, estalló una lucha entre la razón naciente y el instinto, ahora privado de su infalibilidad. Las dolorosas pruebas de la evolución individual nos liberan gradualmente de este estado de agitación. Las facultades psíquicas se desarrollan para reintegrar a la humanidad al flujo de una vida superior.

La virtud mantiene una distancia equidistante de los extremos. Todo vicio se opone a una falta en su dirección opuesta. Así, el materialismo excesivo tiene un antagonista en la espiritualidad excesiva.

Aquí, la esfera del cuerpo se expande. Deja un dominio precario para Marte, Venus y Mercurio; por el contrario, Júpiter lo absorbe todo. El pensamiento se ejercita a expensas de la energía de la realización (Marte), la vitalidad (Venus) y el tejido invisible de la personalidad (Mercurio). Las personas de este tipo son soñadoras débiles. Habitan en las nubes y abandonan sus cuerpos marchitos.
Caen fácilmente en los excesos del misticismo. Ahora bien, quien intenta ser un ángel se convierte en una bestia, pues nuestra naturaleza tiende inevitablemente al equilibrio: el Cuerpo, en consecuencia, recaptura violentamente el Espíritu y el Alma que buscan escapar de él. La Sabiduría dicta que nos sometamos a las leyes de nuestra forma terrenal. Nos enseña a dominar la materia, no a huir de ella. Para ello, es importante volatilizar lo fijo mientras se fija lo volátil, o espiritualizar los cuerpos encarnando espíritus. Ahí reside todo el secreto del Gran Arte.
Para dar solidez a una personalidad demasiado etérea, Venus puede intervenir de forma útil, inspirando una de esas pasiones que atrajeron a los Bene-Elohim hacia las hijas de los hombres. Además, el ejercicio físico y la gimnasia pueden permitir que Marte recupere su vigor habitual.

Las personas con un exceso de Alma (Luna) son ricas en Idealidad (Júpiter) y Vitalidad (Venus). El núcleo de su personalidad es poderoso, pero carecen de iniciativa.
Generosas y compasivas, se olvidan fácilmente de sí mismas; por lo tanto, corren el riesgo de caer presa de la codicia que las acecha.
Ahora bien, el primer deber de un ser vivo es preservarse y fortalecerse. En este sentido, la caridad comienza en casa. Un egoísmo razonable debe frenar los impulsos irracionales del corazón.
Además, las disposiciones morales que privan a una persona de toda energía para la autodefensa tienen repercusiones en el organismo. El ardor vital (Marte) tiene la misión de repeler a los enemigos que nos amenazan constantemente. Debemos defendernos si no queremos ser devorados.

Un ser que solo es amor y devoción no podría sobrevivir en una sociedad basada en la lucha por la supervivencia. Llevado al extremo, el altruismo suprime por completo el instinto (Marte). Este es, entonces, el triunfo del Alma (Luna), pero al mismo tiempo, el cese de toda vida corporal. La Virgen (Luna) solo puede aplastar la cabeza de la serpiente en el éxtasis que la transporta al cielo.

Cuando el Alma ocupa poco espacio en la personalidad, Marte predomina a expensas de Júpiter, Mercurio y Venus. El fuego físico (Marte) se vuelve, en consecuencia, agresivo, brutal y violento.
La idealidad (Júpiter) y la sensibilidad (Venus) no logran proporcionar la contención suficiente. En tales naturalezas, una energía indomable se combina con un egoísmo cínico. El crimen se convierte en su instrumento más peligroso.
Estos instintos perversos y destructivos pueden, sin embargo, beneficiar a una sociedad que logre disciplinarlos, pues aunque los hombres de acción parezcan insensibles, están sujetos a la supremacía moral e intelectual. Exigen ser domados, como las feroces bestias que son. Con tacto y confianza, a menudo se puede sacar provecho de ellos, pues siempre se puede obtener algo de los fuertes, mientras que los cobardes permanecen cerrados a toda virtud.
A quienes carecen de alma se les debe infundir, como se hacía en la época de la caballería. El culto al coraje, al honor viril, acerca a Marte a Júpiter. El respeto por la mujer, esa hechicera cuya irresistible influencia es innegable, permite a Venus, por otro lado, suavizar lo áspero y salvaje de Marte.
El exceso de intelecto perjudica a Venus, beneficiando a Marte, Mercurio y Júpiter.
Este último alberga una ambición desmedida, a la que Marte está dispuesto a servir con toda su energía. Sin embargo, hay una escasez de vitalidad.
El fuego carece de combustible. Se consume en la ira y desata una furia mórbida, que solo la influencia de una persona amorosa y gentil puede calmar. Estas naturalezas se ven consumidas por ella; quieren abarcarlo todo y sufren por su impotencia. La fiebre las sacude y les quema la sangre. A veces se refugian en una profunda desesperación, para luego estallar repentinamente en arrebatos de furia. La música parece entonces capaz de devolver la armonía a estas almas atribuladas. Al menos, eso es lo que nos enseña la historia de David y Saúl.

Podemos imaginar un ser en quien el Espíritu suplanta por completo a la Vitalidad. Este sería el fantasma del intelecto puro, una especie de Lucifer, arcángel del orgullo y la independencia absoluta. La pobreza espiritual sacrifica a Júpiter, Mercurio y Marte a la dominación tiránica de Venus. Ella siente aversión por la acción y solo busca el placer. La pereza y la sensualidad atrofian la inteligencia y adormecen todas las fuerzas vitales. La vitalidad estancada se corrompe y engendra los vicios más perniciosos. La histeria, con sus perversiones del sentido moral y el instinto, está ligada a este tipo de desequilibrio. La salvación debe buscarse en distracciones que ejerciten el cuerpo y ocupen la mente. Además, el exceso de vitalidad exige ser empleado en beneficio de los demás. La práctica del magnetismo puede ofrecer una salida sumamente beneficiosa en este sentido.
Corresponde al lector sacar sus propias conclusiones a partir de las premisas expuestas. Lo anterior es solo un esbozo, rudimentario pero suficiente para completar la información necesaria sobre la Medicina Filosófica. Esta terapia busca restaurar el equilibrio riguroso de la naturaleza divina de la humanidad. Podría denominarse Medicina Integral. Ojalá la medicina convencional se centre menos exclusivamente en el cuerpo. Esperemos que una filosofía sabia ilumine cada vez más la ciencia y que en el futuro se haga justicia al genio olvidado del pasado.
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