223 LA MASONERÍA Y LOS DOGMAS —
Una de las percepciones más extendidas es que la Masonería actúa como un ente que se opone a los dogmas. Si bien esta afirmación puede parecer obvia si se examina superficialmente, considero que en ella reside el núcleo de diversas confusiones que afectan tanto a los miembros de la Orden como a aquellos que investigan, estudian o muestran interés en conocer la Masonería. Primeramente, es esencial clarificar los términos involucrados, y específicamente el concepto de dogma. Entiendo un dogma como una idea o aserción que se toma como cierta y, por lo tanto, se encuentra fuera de la posibilidad de cuestionamiento. No se debe confundir con una hipótesis, que es un elemento crucial de cualquier teoría científica, ya que en dicho contexto siempre es factible ponerla a prueba o disputarla. Tampoco se trata de un juicio personal ni de una perspectiva particular.
Expresado de otra manera, un dogma es una proposición que no admite debate o contestación. La Masonería, en relación a los dogmas, ha emitido una declaración contundente: no solo no los acepta, sino que además se opone a ellos. Para la Orden Masónica, cualquier forma de dogmatismo es antitética a la razón. Cualquier tipo de dogmatismo o de dogma es, en su esencia, incompatible con la capacidad de ser pensadores libres, que es una de las características fundamentales de los miembros de la Masonería. Aquí surge una idea principal: la tolerancia dentro de la Masonería no implica aceptar sin reservas los dogmas o a quienes los defienden. Por lo tanto, considerar que la tolerancia significa “valoro lo que piensas, aunque provenga de un dogma” es incorrecto, engañoso y en última instancia socava la condición de libre pensadores que poseen los miembros de la Masonería.
Más allá de las disputas que puedan surgir en torno al origen contemporáneo de la Orden (discusiones que no desestimo, pero que no son el foco de este análisis), es fundamental entender que esta institución es un producto del razonamiento humano, potente y capaz de realizar cualquier aspiración a través de las ideas. No imagino una Orden Masónica donde no se priorice la facultad del ser humano de pensar por sí mismo, de manera libre y abierta, sin ataduras, sin límites, sin impedimentos… en definitiva, sin dogmas. Por lo tanto, lo que distingue a la Masonería de otras organizaciones es que aquí es posible (de hecho, es imprescindible, en mi opinión) que sus integrantes sean capaces de cuestionar y poner en duda cualquier afirmación. Ninguna declaración ni persona posee un fundamento de verdad absoluto.
Desde este ángulo, la práctica continua de la Masonería consiste en una resistencia inquebrantable contra cualquier indicio de dogmatismo, sin importar su origen o quién lo proponga. Así, la Orden fomenta la duda en todo, sin excepciones. Por ende, los Masones se consideran rebeldes constantes y ávidos buscadores de la verdad, ya que resulta imposible encontrar la verdad si tenemos dogmas que impiden su examen. En otras palabras, el dogma, los dogmáticos y las ideas derivadas de ellos constituyen un obstáculo para el fortalecimiento del desarrollo masónico y para el cumplimiento de los objetivos fundamentales de la Orden.
La Masonería, entonces, se propone la formación de individuos que cuestionen, no de seres que reproduzcan lo que otros expresan, realizan o afirman. La duda, siempre basada en la razón humana, es la herramienta empleada por la Orden Masónica para que esta indagación constante se traduzca en nuevas formas de conocimiento, en distintas maneras de manifestar la sabiduría masónica, en nuevas ideas que promuevan el progreso del entorno que nos rodea. Es importante aclarar que la duda mencionada no es una duda sin fundamento. No se trata de dudar por el mero hecho de hacerlo, sino de cuestionar a partir de un análisis crítico y racional. En todo este proceso, parece evidente que la aceptación de dogmas queda descartada.
Un aspecto a considerar que podría quedar pendiente en la discusión anterior se relaciona con la distinción entre los objetivos de la Masonería y los que podría tener un tipo diferente de organización, como una universidad, por ejemplo. La diferencia fundamental, que permite a la Masonería coexistir y seguir vigente junto a las instituciones académicas, radica en que la búsqueda de la verdad dentro de la Orden Masónica no solo se basa en el uso de la razón humana para desafiar los dogmatismos, sino que también se complementa con un conjunto de conocimientos esotéricos (proporcionados a través del simbolismo) que fusionan lo sagrado con lo profano. En otras palabras, mientras que la búsqueda de la verdad en el ámbito científico se centra únicamente en la razón y en lo que denomino “profano”, la Masonería persigue la conexión entre este tipo de conocimiento intelectual y los misterios revelados a quienes son parte de esta institución (lo que he denominado conocimiento “sagrado”).
La intersección entre lo sagrado y lo secular en la búsqueda de la verdad constituye una mezcla explosiva para aquellos que se aferran a dogmas y para las instituciones que promueven tales creencias. Tal combinación es no solo explosiva, sino también amenazante, ya que busca confrontar precisamente aquello que limita la capacidad del ser humano para pensar de manera independiente: los dogmas. Esto permite entender por qué existen entidades y personas que muestran reticencias hacia la Masonería. Se trata de aquellas instituciones y individuos que se basan en un conjunto de ideas que no pueden ni deben ser cuestionadas ni sometidas a investigación. Por lo tanto, si se me interroga sobre si hay personas o entidades que sienten aversión hacia la Masonería, mi respuesta es afirmativa: la Masonería es percibida como un obstáculo y una amenaza por aquellos que desean mantener sus dogmas inalterados. Me refiero a dogmas en sentido amplio. Me refiero a cualquier tipo de organización institucional que respalde tales creencias. En resumen, me refiero a cualquier individuo que configure su visión de la vida en función de dogmas.
De lo expuesto se deriva una interrogante que aborda el núcleo de la experiencia masónica y la comprensión que el público en general tiene de esta organización: ¿Es factible formar parte de la Orden Masónica al mismo tiempo que se acepta cualquier tipo de afirmación como una verdad incuestionable? En otras palabras, ¿puede la Orden Masónica ser pertinente para aquellos que no están dispuestos a poner a prueba sus creencias hasta sus últimas consecuencias? En lo personal, considero que la respuesta es negativa. Resulta complicado imaginar que alguien pueda ser miembro de la Orden y, al mismo tiempo, carecer de la capacidad de cuestionarse a sí mismo y a los demás. Aunque el ejercicio de la duda y la propuesta de nuevas alternativas son parte del entrenamiento continuo que la Masonería ofrece, la disposición inicial de sus miembros para combatir cualquier forma de dogmatismo es fundamental.
En conclusión, parece existir un conflicto insalvable entre la declaración masónica de admitir a personas libres y de buenas costumbres y la defensa de principios o afirmaciones que no toleran la existencia de verdades contrarias.
AUTOR: JOSEBA ERRANTZ, IM, PM — 2025 (e.v.)
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